Los profesores, aquellas personas que se hallan detrás de los pupitres de los alumnos explicando temas diversos y que solo algunos de estos llaman la atención de los más pensativos e imaginativos. Aparte de el mero hecho de dar una lección propuesta por el temario escolar, estos individuos pretenden que las nuevas generaciones adquieran la capacidad de amar el saber. Esto lo hacen sigilosamente, para que los que verdaderamente lo merezcan lo preserven para siempre, con pequeños detalles que sólo los más observadores pueden descubrir. Porque donde algunos ven únicamente a una persona explicando un tema, existe un alma que está dando lo mejor de sí misma. No da lo mejor de sí misma por deber, qué también ya que se trata de su trabajo, lo da porque esta persona fue una de aquellas que en sus tiempos educativos fue observadora y supo valorar el esfuerzo y el empeño que las personas de detrás del pupitre le brindaban. De este modo decidió que necesitaba ofrecer todo el saber que le había sido regalado, a otras personas.
Quedan pocos adolescentes de esta nueva generación que descubran y aprecien el verdadero significado de la enseñanza y el saber. Piensan que los profesores no quieren otra cosa que hacerles fracasar, cuando se trata de todo lo contrario. No podemos encerrar lo que llevamos dentro. Debemos permitir que estas personas saquen lo mejor de nosotros. Sabemos que si dejamos que nos guíen y nos ayuden a saber equivocarnos, llegaremos más lejos de lo que nunca podríamos haber imaginado. Como Platón decía, las personas sabias debían ser los gobernantes y así de esta forma, enseñar al pueblo. Si dejamos que nos conduzcan por el buen camino, el camino del saber, ¿por qué nosotros no podríamos ser los gobernantes de nuestros propios sueños? Podríamos realizar todos esos proyectos desordenados que poseemos revoloteando por nuestra cabeza.
¿Y si se pierde la pasión por el saber? ¿Estaría todo el trabajo de nuestros antepasados fracasando? Si las generaciones que ahora se encuentran en hora de reaccionar y ser conscientes de que el saber es de lo más valioso en el mundo no lo hacen, el ciclo profesor-alumno se terminará por perder. Se intenta concienciar cada vez más que no solo lo material es lo valioso y que lo que nos debería alegrar y hacer crecer como humanos es ver todo lo que hemos logrado hasta ahora. Quizás los métodos cambien, pero lo que no tenemos que hacer es dejar que se apague esa llama, el saber, ya que si la dejamos consumirse, acabaremos con nosotros mismos. Todo lo que hemos conseguido hasta ahora ha sido gracias a personas que la mayoría de adolescentes ignoran al leer sus nombres en fragmentos de los libros de texto tradicionales.
Debemos apreciar cada detalle que estas personas, los profesores, nos regalan cada día. La mínima cosa es oro. Porque aparte de enseñarnos, cada detalle nos ayuda a convertirnos en las personas que queremos ser en un futuro. ¿Acaso no es ese el tesoro más preciado en este mundo?


